domingo, 6 de mayo de 2012

Sueño Raro, Víboras y Contra sentidos


Soñé que estaba parado frente una ventana o una puerta, viendo hacia un jardín hermoso, con arbolitos frondosos; —pero no a lo lejos—, sobre un pasto verde, limpio; bien cuidado. Los pajarillos cantaban como en primavera; pero el cielo estaba nublado, listo para lloviznar.

Era como un patio, cualquier patio de cualquier casa, pero no situó este patio en ninguna de las casas donde he vivido.

De repente, de un extremo hacia otro veo una víbora, una delgada víbora; pensé en el sueño que era una de cascabel, pero en vez de caminar en zig zag esta viborá caminaba en linea recta, aprisa, hacia el otro extremo del jardín.

Ver una víbora, que como entraba salía, algo que en mi sueño no importó, y en el sueño, la deje marchar sin molestar —a mi no me hace daño—. Sabía que iba de paso, y si alguien más le inquieta, que alguien más haga algo.

El día seguía en marcha y decidí salirme del jardín de esa casa y en sí de esa casa por completo, y por un corredor sentido contrario de donde venía la víbora, decidí salirme; y mientras me dirijía al portal de esa casa, en mi sueño veía como se alejaba un niño jugando con un carrito de pedales; ¿quién era ese niño? no sé, no lo vi y no me vio; pero sentido opuesto de donde había pasado ese niño; caminando me fui yo...

La calle era como de un vecindario antiguo, como quizás de algún barrio antiguo donde alguna vez viví.

Y por esa calle bajo un panorama lluvioso, parecía que nada me inquietaba, y aunque no iba cantando, iba por mi camino tranquilo y en paz. Pronto llego a un establecimiento como de comida, donde dos mujeres algo viejas, me saludan con mucho cariño y con mucho gusto, parecían mujeres antiguas con sus típicas gabardinas de los años 60.

Algo viejas, como de 40, con mucho cariño y animo alegre; pero me hablaban de usted. Y entre saludo y bienvenida, me dicen ahora con un tono serio y muy preocupadas: —Acabamos de ver una víbora entrar a su casa, cuídese usted.

¿Dónde he visto estas señoras? No sé, pero sé que alguna vez las he visto; tiernamente —en mi sueño— una de ellas, toma un librito y me apunta un numero telefónico: —un lugar de especialistas en serpientes; que ellos se encargan de atrapar.

No platicaba con ellas en el sueño —simplemente— atentamente las escuchaba; pues la víbora que había visto no era tan mortífera ni letal. En vez de arrancar la hoja de aquel libro, me dio el librito y una de ellas me dijo, —no, una hoja se le pierde, y el librito, no.

Y ya de vuelta para mi casa, con en el libro en mano, al salir de aquel establecimiento, veo de reojo a un ciclista pasar, ¿quién era? no sé, pero me fui caminando hacia mi casa, sentido contrario de donde el ciclista pasó.

Al llegar a casa de nuevo, me veo —otra vez— frente aquel jardín, tranquilo y verde de un día lluvioso; cuando de repente y como de sorpresa, se presenta —Uy!— mi hermano Jorge, como queriendo me asustar:

—Cuidado, ¡acabo de ver una víbora entrar a tu casa!— Lo curioso es que en el sueño entre borrón y verdad veía a mi hermano con su manerismo alegre —exagerado— exagerando la verdad. Y me seguía diciendo: —Cuidado, ¡ja ja ja! las víboras latentes te pueden devorar.

Sin hacerle caso a mi hermano, seguía allí, observando pacíficamente aquel jardín. Y ahora en el escenario; chismosas, curiosas y muy alegres, entran mis hermanas Ana y María; Ana como en sus 15 y María también igual, que aunque se lleven por muchos años, el sueño las hizo de la misma edad; y muy amigas también: —¡Estamos buscando la víbora que al patio de tu casa se metió!—

Yo seguía en mi sueño, muy tranquilo y en paz; sabía que aquella víbora que al principio de mi sueño vi, ya se había ido, y no se encontraba allí.

Y mientras recorría mi vista el fondo de aquel jardín, —¡Dios mío!— Allá al extremo se encontraba otra víbora, fea, gorda, —entrada en años—, hecha bola y de manera desordenada, asfixiando a un bulto; un bulto semejante a un niño de nueve o quizás de diez.

Mi preocupación no era la víbora, era el bulto.

Otra vez, sentido contrario, de donde estaban los personajes que se encontraban en el escenario de aquel sueño, corriendo me fui a buscar el libro; y cuando al rincón llegué, exclamé otra vez: —¡Dios mío!— es domingo.

No batallé para comprender el significado; ni la interpretación de este sueño, sueño que con una palabra creo puedo de cifrar...


Cariñosamente, para Nacho y Ana.

sábado, 5 de mayo de 2012

Correos emotivos, respuetas emotivas


Estimado amigo:

Pasando a otro tema.

Hace unos momentos vino mi vecinito; inventó un juego. Su papá tiene aquí a lado un creadero de pollos, y tiene un gallo, al principio creía que se escapaba y el niño me venía a pedir ayuda para pescarlo; resulta que el mismo lo deja escapar y luego viene a pedime ayuda. Así que hace un rato estaba ayudando a mi futuro heredero a pescar al gallo.

Ya agarré practica y en menos de 3 minutos atrapamos al gallo.

Por atraparlo tan pronto, creo que lo desepcioné un poco; pues para él —como para mi— es un juego muy divertido atrapar al gallo. Pero antes de irse, me dijo que mañana es su último día de catesismo, le pregunté qué cuando es su primera comunión y qué si le gustaría, que yo fuera su padrino. No respondió nada, tan solo se me quedó viendo, y le dije: —no te preocupes, si tus papás ya te escogieron otro padrino, tú siguirás siendo mi ahijado, aunque no lo seas—. Y se fue corriendo muy contento.

Gracias por mantenerte en contacto, fuertes abrazos.
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Gracias por tu contestaciòn.

Ay! goey me hiciste llorar con lo de tu nuevo ahijado!
te lo prometo, estoy llorando! Eso que me contaste nunca se me va a olvidar.

La belleza de èsta vida se encuentra en lo sencillo y que mejor ejemplo que un niño...
(ay goey estoy bañado en làgrimas!)...

Espèrame dèjame me repongo un poco...
Le diste en el clavo a mi corazòn hermano. (te volaste la barda.)

Para Armando

viernes, 4 de mayo de 2012

Mi Propia Historia de Pinocho


Me gusta escribir, he escrito un par de cuentos y un montón de otras fantasías, me agrada recolectar historias que la gente cuenta; pero algo que me llama mucho la atención ahora, aunque parezca presunción, es identificarme con otros escritores.

Creo que lo que me pasó a mi, le pasó a Carlo Collodi, el italiano que escribió el cuento de Pinocho, y si digo esto, es por que creo que no existe mejor fuente de inspiración que lo que en real nos pasa; en el tiempo de nuestra vida...

La primera vez que lo vi —no, ya lo conocía— así que no era la primera vez que lo veía, pero este niño que ya conocía, siendo hijo de unos vecinos; estaba a fuera de mi casa, llamandome por mi nombre, gritandome para que saliera a ver su mascota nueva, un bonito borreguito.

Estaban mis sobrinos, hijos de varios hermanos de visita, —yo, no teniendo hijos— lo primero que pensé egoistamente fue pedirle al niño su borreguito prestado para enseñarselo a mis sobrinos. No, no estaba acostumbrado a pasar niños ajenos a mi casa; casa que tengo adjunto a la casa de mi madre; donde estaban mis sobirnos.

No sabía como se llamaba, pero le dije: —Me esperas; ahorita te lo traigo. —¡No, —me respondió autoritariamente— yo paso contigo!


Parecía una señal bíblica, un niño con un borreguito, que no aceptaba un «esparame ahorita te lo traigo» como respuesta; o debo decir como mandato. En ese momento reflexioné —me hizo reflexionar— que era muy egoísta de mi parte decirle que me esperada afuera de la casa, así que lo deje pasar, y mientras cerraba el portal de mi casa, el niño ya se dirigía a la casa de mi madre, como si por intuición divina ya sabía donde se encontraban los otros niños, mis sobrinos.

Sin darme cuenta en cuestión de segundos se adelantó por el corredor que va al patio y cuando me dirigí a la casa de mi madre, hay estaba ella —mi mamá— extasiada viendo esa escena bíblica del niño y el borreguito.

Les llamé a mis sobrinos para que vinieran a ver el borreguito, eran cuatro, de 3 a 8 años, y de mi nuevo amigo hicieron pronto su amigo que como de cuento de hadas venía con su borreguito.

Y ahí estaban los cinco niños de tras de aquel borreguito entre los patios de ambas casas. Algo que captó mi atención fue ver como el niño del borreguito, de repente se sintió como en la suya, y dijo a grito abierto: —No, ¡yo me quito los zapatos!— Y decidió jugar en el patio de mi casa descalzo. Mientras los otros niños, seguían de tras del borreguito.

De pronto, los demás niños se dieron cuenta de la regadera para las plantas, y torpemente decidieron regar las plantas de mi patio; pero mi nuevo y descalzo amigo, les dijo: —no, lo están haciendo mal, así no se riegan las plantas. —Y tomando la regadera les dijo como y cuanta agua se les echa a cada planta.

Fue un breve instante, los niños —mis sobrinos— se regresaron a la casa de su abuelita, y mi amiguito —de ocho años— se retiró a la suya con el borreguito.

Pensé que era asunto cerrado y olvidado, pero a mi sorpresa al día siguiente volvió el niño, ahora con su hermano gemelo y sin el borreguito. Y entrando ahora sin permiso al patio de mi casa, uno enseñó al otro el patio, la regadera y las plantas. Y cada detalle de mi casa, como si aquellos instantes de juego con mis sobrinos le hubieran dado conocimiento y autorización de cada rincón de mi casa.

—¿Podemos pasar? —Ya qué, ya están adentro, —les dije. —Tengo hambre —dijo uno—, —yo también —dijo el otro—. Y sentaditos ahora los dos a la mesa de mi casa, esperando a ver que les preparaba; y mientras les hicía unos hot cakes, los oía hacer planes para venir a pasar aquí sus vacaciones de verano.

—Sabemos que estas solo y no tienes hijos, te vamos a venir a hacer compañía, —me dijo uno—. Eran tan parecidos que no sabía quien era uno y quien era el otro. —Y cuando estemos solos, tú nos vas a ir a cuidar a la nuestra, —me dijo el otro.

Cuando se fueron, me quedé bajo una extraña sensación; una extraña sensación que nunca jamas había sentido...

Creía que esto iba a hacer un asunto aislado, pero siguieron viniendo, a jugar, a comer y a sentirse dueños de mi casa. Y yo lo permitía, tomando en cuenta que esos niños tienen padres; y que esto era tan solo un juego, "los príncipes y el mayordomo."

Y así, como aquella vez que entró ese niño con el borreguito a mi casa, de pronto me acompaña esa presencia bendita; esa extraña sensación de encontrarme con un hijo; ahora con dos, —dos hijos—. Como si yo mismo fuera un personaje de un cuento, como un Gepetto del cuento de Pinocho; o como un profeta, ungido por no sé que misterio.

Para Fernando y Armando.

jueves, 26 de abril de 2012

Fiesta de Fernando y Armando


¡Qué increíble! Solo por que lo vivo lo creo, ¿como es posible? Hasta donde yo sé, la empatía es un misterio, quizás por eso, esto no deba de sorprenderme.

No me pueden ver trabajando, sin estar siempre al pendiente, para ayudarme en la jardinería, o a limpiar la calle. Mejores que cualesquiera menores de mi propia casa; como si fueran mis propios hijos, con un afecto muy sincero.

Me llevan a su casa y se brincan a la mía, han venido por mi para ir con ellos y sus papás a misa, no estando sus papás ni siquiera preparados para salir. Me presentan con sus amigos y sus parientes; como la gente grande, toman las cartas sobre el asunto y son ellos, en vez de sus papás, los que me me invitan a sus fiestas, los famosos cuates, Nando y Mando.

Con tan solo ahora nueve años, son la bendición más grande que tienen sus papás, —Doble bendición—. Traviesos pero muy buenos; lo cortes no quita lo valiente. Y como si fuera poco, les gusta mucho la escuela y ayudan a sus papás en todas las labores de la casa como si ya fueran niños grandes.

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