
Soñé que estaba parado frente una ventana o una puerta, viendo hacia un jardín hermoso, con arbolitos frondosos; —pero no a lo lejos—, sobre un pasto verde, limpio; bien cuidado. Los pajarillos cantaban como en primavera; pero el cielo estaba nublado, listo para lloviznar.
Era como un patio, cualquier patio de cualquier casa, pero no situó este patio en ninguna de las casas donde he vivido.
De repente, de un extremo hacia otro veo una víbora, una delgada víbora; pensé en el sueño que era una de cascabel, pero en vez de caminar en zig zag esta viborá caminaba en linea recta, aprisa, hacia el otro extremo del jardín.
Ver una víbora, que como entraba salía, algo que en mi sueño no importó, y en el sueño, la deje marchar sin molestar —a mi no me hace daño—. Sabía que iba de paso, y si alguien más le inquieta, que alguien más haga algo.
El día seguía en marcha y decidí salirme del jardín de esa casa y en sí de esa casa por completo, y por un corredor sentido contrario de donde venía la víbora, decidí salirme; y mientras me dirijía al portal de esa casa, en mi sueño veía como se alejaba un niño jugando con un carrito de pedales; ¿quién era ese niño? no sé, no lo vi y no me vio; pero sentido opuesto de donde había pasado ese niño; caminando me fui yo...
La calle era como de un vecindario antiguo, como quizás de algún barrio antiguo donde alguna vez viví.
Y por esa calle bajo un panorama lluvioso, parecía que nada me inquietaba, y aunque no iba cantando, iba por mi camino tranquilo y en paz. Pronto llego a un establecimiento como de comida, donde dos mujeres algo viejas, me saludan con mucho cariño y con mucho gusto, parecían mujeres antiguas con sus típicas gabardinas de los años 60.
Algo viejas, como de 40, con mucho cariño y animo alegre; pero me hablaban de usted. Y entre saludo y bienvenida, me dicen ahora con un tono serio y muy preocupadas: —Acabamos de ver una víbora entrar a su casa, cuídese usted.
¿Dónde he visto estas señoras? No sé, pero sé que alguna vez las he visto; tiernamente —en mi sueño— una de ellas, toma un librito y me apunta un numero telefónico: —un lugar de especialistas en serpientes; que ellos se encargan de atrapar.
No platicaba con ellas en el sueño —simplemente— atentamente las escuchaba; pues la víbora que había visto no era tan mortífera ni letal. En vez de arrancar la hoja de aquel libro, me dio el librito y una de ellas me dijo, —no, una hoja se le pierde, y el librito, no.
Y ya de vuelta para mi casa, con en el libro en mano, al salir de aquel establecimiento, veo de reojo a un ciclista pasar, ¿quién era? no sé, pero me fui caminando hacia mi casa, sentido contrario de donde el ciclista pasó.
Al llegar a casa de nuevo, me veo —otra vez— frente aquel jardín, tranquilo y verde de un día lluvioso; cuando de repente y como de sorpresa, se presenta —Uy!— mi hermano Jorge, como queriendo me asustar:
—Cuidado, ¡acabo de ver una víbora entrar a tu casa!— Lo curioso es que en el sueño entre borrón y verdad veía a mi hermano con su manerismo alegre —exagerado— exagerando la verdad. Y me seguía diciendo: —Cuidado, ¡ja ja ja! las víboras latentes te pueden devorar.
Sin hacerle caso a mi hermano, seguía allí, observando pacíficamente aquel jardín. Y ahora en el escenario; chismosas, curiosas y muy alegres, entran mis hermanas Ana y María; Ana como en sus 15 y María también igual, que aunque se lleven por muchos años, el sueño las hizo de la misma edad; y muy amigas también: —¡Estamos buscando la víbora que al patio de tu casa se metió!—
Yo seguía en mi sueño, muy tranquilo y en paz; sabía que aquella víbora que al principio de mi sueño vi, ya se había ido, y no se encontraba allí.
Y mientras recorría mi vista el fondo de aquel jardín, —¡Dios mío!— Allá al extremo se encontraba otra víbora, fea, gorda, —entrada en años—, hecha bola y de manera desordenada, asfixiando a un bulto; un bulto semejante a un niño de nueve o quizás de diez.
Mi preocupación no era la víbora, era el bulto.
Otra vez, sentido contrario, de donde estaban los personajes que se encontraban en el escenario de aquel sueño, corriendo me fui a buscar el libro; y cuando al rincón llegué, exclamé otra vez: —¡Dios mío!— es domingo.
No batallé para comprender el significado; ni la interpretación de este sueño, sueño que con una palabra creo puedo de cifrar...
Cariñosamente, para Nacho y Ana.


